Cuando esa mañana temprano se le resbaló la caja
llena de poliespán de las manos, dejando la acera cubiera de un manto granulado
en blanco, no se molestó más que por la incomodidad de volver a poner la caja
en su sitio, asegurándose de que su contenido permaneciera intacto.
Tampoco es que ello incomodara a la gente que durante
ese día pisó sus pequeños átomos; nadie se fijó. Otro elemento del paisaje de
una calle cualquiera, susceptible al olvido.
¿Es algo bello cuando nadie repara en su belleza?
El niño en su carrito se quedó embelesado con el
efecto que las tenues corrientes de aire ejercían sobre el material, creando
minúsculos tornados de trocitos blancos, acunados sobre la nada, dejándose
llevar sin llegar a ningún lado. El sol brillaba y lo hacía resplandecer.
Su madre no le permitió levantarse y dejarse
envolver por su encanto. Pasaron de largo, y él se durmió camino del colegio.