Con los
párpados posados sobre sus ojos podría observarla a la perfección, mucho más
allá del incorpóreo vacío: sus formas, curvas y hendiduras; su color marmóreo,
espectro de blancos; su volumen, real y agonizante. La escena, tan real como
lejana, apasionada y fría, se clavaba en su retina.
Abría los
ojos y no veía nada más que antigüedad, fatua, bañada en el polvo de un olvido
de esplendor, de una insoportable intrascendencia.
(Laocoonte y sus hijos)
