3 feb 2013


Con los párpados posados sobre sus ojos podría observarla a la perfección, mucho más allá del incorpóreo vacío: sus formas, curvas y hendiduras; su color marmóreo, espectro de blancos; su volumen, real y agonizante. La escena, tan real como lejana, apasionada y fría, se clavaba en su retina.
Abría los ojos y no veía nada más que antigüedad, fatua, bañada en el polvo de un olvido de esplendor, de una insoportable intrascendencia.



(Laocoonte y sus hijos)